Otra Clase de Llamamiento

Hola! ¿Cómo has estado? Yo he estado muy ocupada, pero leyendo el libro del profeta Isaías, y te propongo que, de vez en cuando, en lugar de nuestro estudio bíblico semanal, reflexionemos brevemente sobre algunos de mis versículos favoritos. Yo por mi parte te transmitiré lo que he recibido del Señor de una manera breve y amena. Tú deberás compartir conmigo tus impresiones. ¿Es esta palabra para ti? ¿De qué manera ha impactado tu vida? Por favor, hazme saber.


Isaías en Contexto:

Antes de continuar, pongamos el libro y al autor en su contexto histórico.


Isaías, considerado por muchos el príncipe de los profetas y el más importante, ejerció su ministerio por no menos de 40 años, desde Jerusalén en el Reino del Sur. Esta etapa abarca los gobiernos de Uzías, Jotam, Acaz, y Ezequías, reyes de Judá.


De acuerdo con la tradición talmúdica, Isaías era primo del rey Uzías, y por lo tanto, un hombre de gran influencia y esmerada educación; sin embargo, la tradición también dice que al final de su ministerio, cuando el profeta era ya viejo, Isaías sufrió el martirio y murió cruelmente aserrado por orden del rey Manasés, hijo de Ezequías, el más despiadado y perverso de todos los reyes de Judá.


Contemporáneo de Oseas, Amós y Miqueas, Isaías vivió antes y después de la desaparición del Reino del Norte en el 722 a. C., y murió casi 100 años antes de la caída de Jerusalén y el exilio babilónico. Es de esperarse entonces que su mensaje haya sido uno de advertencia, para tratar de evitar que Judá siguiera los malos pasos de su hermana del Norte, y terminara igual que ella; pero el mensaje de Isaías es también un mensaje de esperanza y salvación, convirtiéndose en el profeta que más revelación recibió acerca del Mesías de Israel. El propio nombre hebreo el profeta significa la salvación de Jehová, ó Jehová es salvación.


El Llamamiento de Isaías

Bien, después de este breve paréntesis, volvamos al tema que nos ocupa. Permíteme que te haga una pregunta. ¿Eres tú un creyente con llamado? Ya sabes, uno de esos que ya recibieron tres o cuatro profecías personales, cinco o seis sueños, y alguna que otra visión sobre todo lo que harás y serás en el futuro... Si es así, me alegro por ti, porque la Biblia está llena de esos llamamientos, gente que Dios comisionó directamente para una tarea especial; pero si apenas te estás preguntando qué clase de cristiano de segunda clase eres tú, que jamás has recibido uno de esos, a pesar de que amas servir a Dios y te apasiona su obra, este puede ser el texto perfecto para ti.


Me refiero al llamamiento de Isaías en el capítulo 6. Si es que se le puede llamar así a lo que realmente acurrió allí. Presta atención a la narrativa en el verso 8:


Isaías 6:8

Y oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?». «Aquí estoy; envíame a mí», le respondí. Y Él dijo: «Ve...».


Me fascina la respuesta contundente y decidida del joven Isaías. Este joven que se encuentra a sí mismo ante esta impresionante visión de la gloria de Dios en tiempos difíciles. ¿Recuerdas que Isaías era primo del rey Uzías? Al comienzo del capítulo se nos dice que fue precisamente en el año en que murió el rey Uzías que Isaías recibió esta fantástica revelación de la gloria de Jehová llenando el Templo y estremeciendo sus cimientos.


A diferencia de otros profetas de la Escritura, Isaías no es directamente comisionado para servir como profeta. En su lugar, el joven escucha la voz del que está sentado sobre el trono lanzar una pregunta: ¿A quién enviaré, y quién será nuestro mensajero?


Imagina por un momento la respuesta que daría Moisés a esta pregunta: Bueno, Señor, cualquiera menos yo. Recuerda que soy gago. La respuesta de Jeremías: Señor, te ayudaría si no fuera tan joven. O la respuesta de Jonás: Lástima que no me agrade esa gente, Señor. Seguro encontrarás a alguien más... La respuesta de Isaías es firme y contundente: Aquí estoy yo, Señor. Elígeme a mí! Comisióname a mí, por favor. Realmente quiero hacerlo.


Creo que es simplemente fascinante que este pasaje este ahí para gente como nosotros. Gente a quienes Dios no envía una palabra profética, gente que no tiene una libreta de pistas y pruebas, y que no está en la lista local de futuros ministros y profetas a las naciones. Gente a quienes Dios ha puesto frente a una visión de su gloria, gente que ha sido confrontada con una necesidad apremiante, gente que pierde el sueño por causa de una inquietud divina, gente a quien Dios ha dotado de una pasión abrumadora. Esta gente que ve el problema y no puede evitar empeñarse en hallar una solución. Esta gente que nota los puntos flacos y las carencias espirituales, y secretamente ya han recibido la respuesta.


Te estoy hablando de aquellos que escuchan una voz interior que llama constantemente: ¿A quién enviaré a orar por los enfermos? ¿Quién ministrará liberación a los cautivos por el Diablo? ¿A quién podré usar para hablar palabras de aliento a los corazones desanimados? ¿Y quién podrá discipular a los jóvenes e inexpertos? ¿Quién irá por mí a socorrer a los necesitados? ¿Y quién enseñará y hablará mi Palabra con verdad y pasión? ¿Quién alcanzará a los perdidos en las redes sociales? ¿Y a quién enviaré para provocar mi presencia en las reuniones de la iglesia local?


Recuerda el llamamiento de Isaías. Quizá tienes años esperando una señal, una certeza, una palabra de confirmación, pero ese nunca fue su plan. En su lugar, Él lleva años mostrándote una visión de su gloria. Él lleva años inquietando tu corazón acerca de algo, robándote la paz por una causa, llamando tu atención de todas las formas posibles, arreglando encuentros aparentemente fortuitos y poniéndote en situaciones extrañas y específicas. Su plan ha sido siempre este, el de abrir tus ojos a la necesidad de otros, el de enfrentarte cara a cara con el problema del mundo, y luego susurrarte al oído la pregunta. Su plan es que finalmente reacciones como Isaías: Señor, veo la necesidad, veo la carencia, veo la demanda y quiero que sepas que yo estoy aquí. Envíame a mí. Comisióname a mí. Realmente quiero hacerlo, y lo haré por ti.


Oración:

Padre Celestial, gracias por poner en mí esta inquietud y pasión por tu obra. Hoy reconozco que hay una necesidad para la que me has estado preparando, y una demanda para la que me has estado capacitando. Hoy quiero decirte que estoy disponible y respondo a tu llamado.

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